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miércoles, 8 de enero de 2020

La siguiente nevada en Aguascalientes podría ser en 2027


La Nevada del 9 de Enero de
1967 Vista desde los Trenes 


La nevada del 67 se abatió sobre varias ciudades del país,
sobre todo de Zacatecas hacia el norte


Matías Lozano Díaz de León 

El 9 de enero de 1967 se abatió sobre gran parte del país una nevada que se originó por un frente bajo proveniente del centro (según "The Weather and Circulation of January 1967", página 222). En ciudades como Aguascalientes el volumen de nieve no fue de proporciones tales que causase problemas, pero en otras ciudades más al norte, como Monterrey,  alcanzó un promedio de  50 centímetros de nieve, y en algunas zonas  hasta 90 centímetros. 

Humberto Torres y Armando Solís
“Nos llamaron para salir en el número 7 y cuando encontramos el 14 en Pabellón -iba Manuel Ortiz de garrotero también- le dije: Oye, Manuel, está nevando para el norte. El 14 trae mucha nieve arriba y en los estribos. –“No, no nieva aquí”, -me respondió. 

Cuando llegamos a Adames, ya todos los mezquites estaban blancuzcos. Seguimos y en Palmira estaba el local, y vimos  un compañero revisándolo, traía un impermeable y se veía cómo caían las plumitas de nieve, como en las películas. Cuando llegamos a Guadalupe, se veía como el Ártico. Llegamos a Fresnillo… a mí me llegaba la nieve a las rodillas”. 

Esto me lo platicaron en el 2004 Armando Solís Verdín, garrotero jubilado, un hombre grandote, delgado que anda siempre por toda la ciudad en su vieja bicicleta y con un clásico sombrero Dobbs de la Fifth Avenue; y don Humberto Torres Tavarez -qepd-, maquinista destacado como lo fue su padre, don Felipe Torres Loya.  

-¿Fue cuando le dijiste a don Benjamín que tú ibas a examinar el terreno? –preguntó don Humberto. -No, fue a  don Juan Flores, un conductor viejo, que entró en 1905, 1910. No se quería ir y nos demoramos como dos horas en Fresnillo. Era de esos hombres muy terminantes, que querían que se hiciera todo como ellos decían. Quería que le ordenaran que se fuera un motor adelante. Yo le dije que eso no serviría, porque el motor iba a patinar y no avanzaría, por la falta de peso. Yo el dije que si quería, me iba delante de la máquina. El peligro radicaba en los lugares donde había cambios de vía, escapes. Yo podría ver las agujas para saber si había riesgos. Pero no quería. Llegamos a Pescador y haga de cuenta que estábamos en Canadá. Yo nunca había visto una nevada. Fue el 9 de enero del 67. 

-“Ese día de la nevada en Zacatecas –dice Humberto-, yo iba al norte con el (tren) directo, el Babal era el fogonero, Rafael León Loera, y me dice, mostrándome el caminito al lado de las vías, que había una cosa blanca tirada. Le respondí que quizá a alguien se le abrió un costal de harina. Pero en eso se levantó y se quedó viendo hacia afuera, y me dijo, muy seguro, que era nieve. –“Aquí no nieva”, le dije, incrédulo. Pero ya fijándome, noté que estaban cayendo las primeras plumitas, y al poco tiempo, alcanzamos la nevada. Vimos cerca de la vía un animal negro, que parecía un zorrillo, pero al pasar cerca,  el animal movió la cola y se le cayó la nieve; entones vimos que era una vaca negra, que tenía nieve en todo el lomo. 

Yo nunca había visto nevar. Cuando llegamos a Adames, ya todo estaba cubierto de nieve. Cuando llegamos a Zacatecas, yo creo que ya habíamos dejado atrás la nevada, pero mientras hacíamos el movimiento en los patios, nos alcanzó otra vez. Para cuando llegamos a Guadalupe, no se veía nada que no fuera nieve. Haga usted de cuenta que era un monte de hielo. Cuando empecé a bajar Zacatecas, ahí en San Rafael, está la curva de herradura, vimos cuando se quebró un cable de alta tensión, era una línea triple, de unos cables muy gruesos,  y el que se rompió fue el de en medio, y daba unos chicotazos muy fuertes en la vía, nomás saltaba la lumbre, y en seguida se reventó el otro  cable, el del lado de la vía. Nosotros temíamos que fuera a pegar en el tren pero no, en seguida se quedaron quietos y pasamos. 

Nos detuvimos en Guadalupe, recogimos las órdenes e indicaciones de que teníamos que “doblar” (aumentar el número de carros), y seguimos. Pues, “Obra de Dios y que nos agarre confesados”, me dije. Ahí hay una hondonada, que nosotros pasábamos a uno 70, 80 o 90 kilómetros por hora. Interviene Armando Solís, y explica que en el extremo sur está Guadalupe; en la hondonada está Jerónimo y en el extremo norte, Trancoso. -Pues ahí pasé a la misma velocidad de siempre. 

Me acuerdo que iba Bartolo Quiñones –un conductor que se ahorcó, tras sufrir un accidente en el camino-, y me dijo: -“¿Cómo ve, don Beto: alcanzamos a hacer el doblete, o les decimos que a los tantos carros corten?” –No –le dije-, usted aguante, al fin que las que van a subir la cuesta son las máquinas. Y, otra vez: “Obre Dios en las alturas, que las agujas (de los cambios de vía) estén alineadas porque, de lo contrario, nos vamos para abajo y ya no lo estaríamos contando; y el que tenga miedo, que se vaya al cabús”. Y ahí vamos, a 90, 95 kilómetros por hora... ¡Nomás temblaba el tren! Antes de la hondonada está una curva a la derecha, luego una recta y otra curva a la izquierda, y sigue la loma antes de la bajada. 

Ya casi habíamos pasado esta última curva, cuando la máquina empezó a patinar, y avanzaba poco, por más que accionaba yo el dispositivo de la arena. Entonces, “El Babal” agarró un martillo, salió de la máquina y golpeó el arenero, para forzar la salida de la grava, que se había humedecido por el ambiente, y empezamos a acelerar, y a bajar hasta Adames. 

-Muchas veces –tercia Armando Solís- ocurría que, aunque no hubiera órdenes, el telegrafista de Jerónimo levantaba la señal de parar, porque tenía miedo de que un tren se saliera y arrasara las oficinas. Paraba el tren y el conductor iba a preguntar del motivo, y el telegrafista se concretaba a entregar una boleta de “no hay órdenes”. “¿Para qué nos parabas, pues?” –“Porque pasas muy recio”, decía. Pero era necesario agarrar velocidad en la bajada, para poder emprender la subida. 

“Yo salí en el 7, aquí –dice Armando Solís-, y se quedó anotada la fecha porque en Felipe Pescador, en la terminal, hay una que se llama Feria del 8 de enero. entonces, para amanecer el 9, empezó la nevada en la madrugada, según dijeron ahí. La nieve me llegaba cerca de las rodillas. Cuando llegamos a Fresnillo, el conductor era uno viejo, de los que anduvieron cuando la Revolución. De Fresnillo ya no quería salir con el 7. Era uno de esos hombres chapados a la antigua, muy enérgicos, le dijo al despachador que ya no salía porque la vía no se miraba por ningún lado. Luego sugirió que se fuera adelante del tren un motor –un armón liviano-, para ir mostrando la vía, y yo le dije, me metí, exponiéndome a que me dijera que no me metiera: -“Oiga, don Juan, dispense la intromisión, pero un motor no va a funcionar, va a patinar. Si gusta, yo me voy delante de la máquina y, al entrar a unos cambios, me bajo y veo que las agujas estén ajustadas. -Pues no le pareció. Ni me contestó. Ahí demoramos como hora y media o dos horas en Fresnillo. Y a última hora, ahí vamos. Llegamos con mucho retraso a Pescador y Pescador parecía el ártico polar. ¡Pura nieve por todos lados, la gente andaba espantada! Todas las personas que habían ido a la Feria, no se animaban a regresarse a los ranchos, nunca se había visto algo parecido. En consecuencia, se agotó la comida en el pueblo. 
Duró tres días nevando. Esa noche me regresé en el 14 y me tocó otro día irme en el 7, todavía estaba nevando. Para el día 14 en la noche empezó a llover y se acabó la nieve.

“En tiempos normales, el 3 de enero, llegaba uno con las máquinas de vapor, y todos los escurrimientos del tanque eran puras candelillas, como velas de hielo. Algunos maquinistas usaban algunas lonas, pero sólo se protegían el fogonero y el maquinista, ponían la lona y uno de garrotero, se quedaba fuera. En las máquinas de vapor el aire entraba por todos lados. Muchos dicen que las máquinas de vapor eran muy bonitas. –Pues sí. Verlas. Pero no era lo mismo andar trabajando en ellas. En tiempos de frío, por donde quiera entraba el aire, en tiempos de calor, no se aguantaba el calor del fogón. Se trabajó a disgusto, sólo que, a mi, me gustó mucho mi trabajo”. (De los archivos de Reporte Político Policiaco).
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