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jueves, 30 de julio de 2020

Réquiem por una fiesta

Los Paseos a San Ignacio






Por Matías Lozano Díaz de León

www.cortandoporlozano@gmail.com 

cortandoporlozano@gmail.com 


No hace mucho, desde días antes del 31 de julio todo mundo hablaba de la excursión a San Ignacio, al noroeste de la ciudad. Ahora hay una colonia en lo que antes era la comunidad ejidal, de ese nombre. Antes, hablar de San Ignacio era hablar de “la fábrica” y del “tanque”.

Antes, “la ciudad se vaciaba… el desagüe era por la Plaza de las Tunas (hoy mercado Juárez). Las calles que a ella convergen de todos los rumbos, excepto del Poniente, son afluentes que aportan caudal”, escribió al respecto Eduardo J. Correa en “Viaje a Termápolis”.

Antes, “peatones, jinetes, acémilas y vehículos” concurrían a tomar el cauce por (la colonia Curtidores, por la que luego fue considerada prolongación de) la calle de Guadalupe (y, actualmente Salvador Quezada Limón, en memoria de quien fuera Obispo de Aguascalientes). 

“Los primeros (los peatones) encuentran distintos medios de transporte: burros, caballos, carretas, carretones, guayines, carretelas, bogues”.

Era “el inicio de la pintoresca excursión, donde se forman las caravanas más numerosas y boruquientas. Grupos de jóvenes alegres, derrochadores de buen humor, lo mismo en recuas de tardos pollinos que en chirriantes carretas, emprenden la caminata”.

Las calles de Guadalupe eran “ríos de gente, y en zaguanes y ventanas” se agrupaban “a gozar del espectáculo y a murmurar” de los que pasaban, “los valetudinarios y los que, por una u otra causa, no pueden engrosar la corriente humana”.

La calle Guadalupe (la zona urbana) terminaba en donde terminaba la barda poniente del panteón de La Cruz, y por veredas los paseantes tomaban el camino de Curtidores, que se llega por la misma calle, allende el segundo anillo.

“A ambos lados, en los maizales fulgura el oro de los jilotes. En las orillas de los vallados, sobre jorongos o petates, golosinas para los romeros; plátanos, limas, mezquites, cañas de milpa, elotes y calabazas calientes, quesos, aguas frescas, tunas.

“Las puertas de las chozas, abiertas sobre el camino polvoso, convertidas en comercios de diversas clases.

“Se marcha entre nubes de tierra, que levantan transeúntes, cabalgaduras, coches y carros; pero en medio de alegría ruidosa, de algazara constante, de gritos, bromas y cantos.

“Abundan las guitarras, y de las carretas, donde se miran rostros primaverales, se escapan canciones conocidas. En una se oye "La Golondrina;" en otra, el "Adiós," ambas saturadas de tristeza.

“¿Por qué si el regocijo reina la raza no calla su quejumbre?...

Todos los viandantes se conocen y se cambian saludos; los grupos van acreciendo y menudean la sátira fina y los donaires ingeniosos.

“De un carretón sin toldo se alza vocerío estrepitoso. Allí la zambra y la jácara llegan a plenitud. Se charla, se grita, se bromea y se aplauden las canciones intencionadas, que con voz llena y pastosa lanza un español apuesto y simpático: don Manuel Otálora.

—Son los literatos…: José Herrán, Emilio Rey, Blas Elizondo, Macedonio Palomino, Benjamín Garibay... Con ellos van Manuel Aizpuru, Julio Pani, el licenciado Collado y otros.

“A los lados, haciéndoles guardia, que va aumentándose, jinetes que hacen caracolear los caballos, charros auténticos o de ocasión, Pedro Lagüera, Francisco Flores, Leonardo Barragán, Ramón Parga, Enrique Rangel, Francisco Rangel, Miguel Calera, el licenciado Mercado, Víctor Arteaga, Valente Arteaga, Ricardo del Valle, Genaro del Valle, Marcelino Díaz, Valente Villalpando.

“Y que el grupo alborotador no alcance a otro, en que muchachas hermosas y pizpiretas, a lomo de asnos con jamugas, arman también su borlote, porque entonces es de ver el escándalo que se forma, pues mientras los de los pencos se introducen entre la recua y alborotan a los pollinos, y las chicas prorrumpen regocijadas en aspavientos, del carretón llueven los piropos y de la vihuela de don Manuel vuela la canción, que hace pensar en Málaga y en Sevilla.


“Se pasa el río de Curtidores, de vado extenso y linfas claras, cuando no las enturbian las crecientes, y apenas se gana la otra orilla, se sube y a poco se destaca ya próxima la fábrica de San Ignacio, entre profusa arboleda, de donde sólo emergen los chacuacos de las chimeneas.

“Tras no largo caminar, se tocan los lindes de la factoría, y la verbena se admira en todo su esplendor.

“Una prolongada alameda conduce del límite del camino a las puertas del jardín, un hermoso jardín, rodeado por las habitaciones de los empleados, construidas en forma de herradura, y cerrado al norte por los edificios de la negociación, donde sin cesar se escuchan el rumor de turbinas y motores cantando el himno del progreso.

“Por supuesto que los paseantes echan pie a tierra y dejan en los sitios adyacentes los medios de locomoción usados, pues empresa de romanos es atravesar el sendero que conduce a la floresta y que está en su totalidad ocupado por comercios de ocasión e invadido por la muchedumbre que ha dejado la ciudad para trasladarseal pequeño burgo.

“El recorrido se hace con lentitud y resistiendo las tentaciones que se brindan al paso, desde el agua de chía con limón, hasta las olorosas enchiladas y el chorizo que brinca en los comales, entre olas de manteca.

“Cuando se traspone la entrada prosiguen los puestos a uno y a otro lado del andén, que separa el alambrado que circunda el grande y bien cultivado jardín, de las risueñas moradas de los trabajadores, que se codean con los de mayor prestancia, en los extremos de la herradura, y que habitan el gerente y el tenedor de libros de la empresa.

“Frente a la fábrica hay también su pensil (jardín), sombreado por árboles corpulentos, y a su espalda se mira el guión esmeraldino de la fresnada, que denuncia la presencia del río de San Pedro, cuyas aguas aprisiona allí la industria para su provecho.

“No obstante que el bullicio de la fiesta es ensordecedor, amortigua, pero no apaga el estruendo de la maquinaria que mueve los talleres, de modo que al estrépito del popular regocijo, se une el constante rumor de aquella colmena del trabajo.

“¡Qué hermoso maridaje forman la belleza del panorama y el desarrollo de la negociación próspera! ¡Qué agradable corre la vida de los operarios en aquel rincón soledoso y florido!

En todas las casas, que se esconden entre prados, hay también fiesta. Se han abierto para recibir a las visitas, que vienen a gozar de la verbena.

En la grande, representando al dueño, don Pedro Cornu, los empleados principales don Luis Stiker, don José Bazin y don Enrique Farjou, franceses alharaquientos y rumbosos, han dado cita a lo mejor de Termápolis. Por el amplio portón abierto se mira el comedor, donde aun no termina el banquete, con sus ventanales hacia enorme huerta, que ofrece paisaje bucólico: árboles, flores, el espejo de un estanque y una barca que cabecea...




(Allí espía la tragedia, que semanas después, al celebrar una fiesta menor, la del santo de don Luis, el 25 de agosto, pondrá velos de luto en varios hogares y conmoverá a la sociedad, sepultando en sus aguas a los tripulantes y devolviendo dos cadáveres: el de don Luis y el de la señorita María Recalde).

“Ya brindaron muchos. Rafael Sagredo, pico de oro, según lo llaman por su destreza en engarzar frases de cliché en la oratoria pantagruélica. José María Peón Valdés, que sí tiene enjundia y brillantez. Otros varios.

“El Gobernador Chávez, que se excusó de asistir a la comida, por celebrar su día y querer festejarlo íntimamente, ofreciendo ir por la tarde, se presenta cuando la temperatura entre los comensales alcanza grados elevados y es recibido con aclamaciones y aplausos, en tanto por unos se pide a la orquesta que toque diana y por otros el himno patrio.

“Hay barruntos de tormenta, con satisfacción de los paseantes, que no juzgan completa la excursión, si el regreso no lo hacen bajo las cataratas de la lluvia y con el sobresalto de que el río crezca, ya para, sentir la emoción del peligro al cruzarlo, ya para prolongar el paseo, rodeando por el camino del Puente (de la Fundición, construido por los dueños de la fábrica de San Ignacio, para el traslado de la mercancía).

“Muchos emprenden la retirada. Son los que forman la falange de la prudencia. Quedan aquellos á quienes el entusiasmo ha hecho perder la noción de las horas y piensan que "todo el monte es orégano" y gritan: "es chico el mar, de un sorbo me lo bebo," y en riesgo están de dormir la mona en cualquier barbecho.

“A la distancia se ven varios hombres que llevan las camisas ensangrentadas y es de suponer que ya hubo pleito, que ya el licor hizo alguna de las suyas… no es sangre, sino algo típico de la verbena. (Como prueba de que se anduvo en la romería, la gente acostumbraba beber colonche -vino de tuna fermentada- y derramarse algo sobre la ropa, que intencionalmente se escogía blanca, para la ocasión.

“Al frente, ondulada, la cinta de esmeralda de los fresnos, que viven mirándose a la margen del río, y la enorme culebra zigzagueante de la multitud que regresa, en la paz de la tarde”.

De la fiesta que los dueños de la fábrica hacían a San Ignacio y que con el tiempo el pueblo hizo suya, y que se desarrollaba en las orillas del “tanque”, donde ocurrió la tragedia de la que Correa hace mención, hay también una crónica de don Heliodoro Martínez López, en la que señala que la finca fue vendida, tras cerrar la fábrica, a don 

Gabriel Chávez, quien a su vez la vendió a don Manuel Lomelí y éste a don Filemón Alonso, que fue de los primeros fabricantes de brandi en Aguascalientes por cierto de muy alta calidad. 

Poco se describe en la crónica de Eduardo J. Correa, pero se afirma que frente a la fábrica había un jardín con grandes árboles más hermoso que el de San Marcos, y que quien lo acabó fue precisamente don Manuel Lomelí, para alimentar los hornos de sus panaderías.

Hoy, nada hay de aquella fiesta, la gente ya no va. Hace muchos años que dejó de hacerlo.

Del camino, poco queda. Ya, casi nadie se acuerda. El crecimiento de la ciudad, la amalgama de la población, nuevos medios y modos de diversión, desplazan a lo ordinario, cada quien va por su lado y poco hay que se haga en común. 

Tiempos pasados sí fueron mejores… Si no del todo, sí en muchos aspectos. 


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