Los universitarios
Héctor de León
Santiago y Said
Por más que busco explicaciones a ciertos sucesos que a diario ocurren en Aguascalientes, pues nomás no le encuentro la cuadratura al círculo. No hay explicación, mucho menos, a los porqués de los accidentes que calan, duelen y que nos dejan pasmados. En la gran mayoría queda en evidencia la estupidez humana. Cuando no una cosa, aparece otra, para llegar a la conclusión de que una gran parte de los accidentes pudieron evitarse, como la fatídica muerte de Santiago Michel, de tres años de edad, y de su primo Saíd Miguel de un año. El hecho consumado ni remotamente vale la pena recordarlo. Lo que sí es valedero es contar lo maravillosa que fue su vida a tan temprana edad. Quiero imaginar que cada uno nació casi en igualdad de circunstancias. El maravilloso fenómeno de la creación de los seres humanos es indescriptible cuando se juntan dos factores, femenino y masculino, para que brote el milagro de la fecundación humana. Ahí comenzó el milagro de Santiago y Saíd, el maravilloso concierto de la creación, que no humana y sí divina. Con un figurado soplo, por arte de magia, apareció el alma y a partir de entonces vino la concurrencia de hechos naturales que se dan a cada fracción de segundo. No se trata de hacer una descripción de ese proceso fundamental en que de la nada surge la vida, la creación de un nuevo ser. Tal vez lo más importante, fuera de esta creación maravillosa, es que la gran mayoría de los seres humanos hemos nacido como el bien más deseado por los padres, como Santiago y Saíd. La transformación ocurre desde el momento mismo en que la madre se da cuenta que lleva en su seno a un ser vivo, que paulatinamente cambia y comienza a crecer. Fuera de la comprobación científica de que ha ocurrido un embarazo, la mujer intuye que la fecundación comienza a dar su fruto. El mundo se le viene encima por la emoción, no tanto por lo que le espera de cambio físico o de las molestias que le pueda causar el diminuto ser que lleva en sus adentros. La excepcional noticia, de un embarazo, tiene que ser compartida de inmediato con el padre. Ahí es cuando todo se complica, o como diría mi abuela: es cuando la puerca torció el rabo, porque los hombres tendemos a complicar todo. En pocas palabras, se nos hace bolas el engrudo. No deseamos que la mujer, próxima a ser madre, se moleste en la más mínima cosa, que no haga ningún movimiento fuera de lo normal, que se alimente lo más sano posible, comiendo desde luego, el principal manjar aderezado únicamente de frutas y verduras. Santiago y Saíd nacieron amados no sólo por los padres, sino que también por toda la familia. Cuando viene un nuevo ser, nos volvemos locos de atar, máxime en esos primeros meses de vida, cuando aparecen las primeras gracias, las primeras ocurrencias que tiene un ser humano, que comienza a discurrir el mundo que le rodea. Las condiciones primeras de vida son iguales para todos los pequeños: una felicidad plena al comer, jugar, dormir o en la contemplación de cosas que nos parecen insignificantes. Santiago y Saíd tuvieron instantes y momentos de felicidad que compartieron con los suyos. Dejaron huella en su cortísima vida. La prolongación del género humano, en un sentido estrictamente natural, es que nos vayamos los viejos y continúen, por un largo tiempo, los niños. Desgraciadamente no acontece así. Se da la voluntad divina de marcar caminos, de marcar vidas. Ninguna vida es insustituible. Cada uno la vivimos a nuestro modo. Hoy me acuerdo de Santiago y Saíd y les veo felices en la otra dimensión que nos espera. Allá están nuestros seres más queridos. Las leyes de Dios son incomprensibles, como la naturaleza misma. A la vida de unos les sigue la vida de otros. Santiago y Saíd gozan la compañía del Ser Supremo y de otros miles de ángeles como ellos… Un abrazo a sus padres y familiares. (Facebook: Héctor Manuel de León Hernández)

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