Más que una cirugía cancelada, lo ocurrido exhibe una de las heridas más profundas del sistema de salud: la pérdida de sensibilidad.

Todos entendemos que un quirófano puede entrar en remodelación, que una operación puede reprogramarse y que existen limitaciones presupuestales o administrativas. Lo que resulta difícil de aceptar es que detrás de cada expediente hay una persona con una historia, una familia, miedos, dolores y decisiones que cambian vidas.

Un hombre decidió no despedirse de su hermano fallecido porque confió en que una cirugía largamente esperada finalmente se realizaría. Apostó por su salud, sacrificó un último adiós y, al llegar al hospital, recibió una respuesta fría: “se pospone hasta nuevo aviso”. Para el sistema fue un movimiento de agenda; para él fue perder algo que jamás podrá recuperar.

Y ahí surge la pregunta incómoda. ¿En qué momento quienes integran el sistema de salud dejaron de ver personas para comenzar a ver números de afiliación? Porque la responsabilidad no termina en el médico. También pasa por el administrativo que no avisa a tiempo, por el directivo que toma decisiones sin prever alternativas, por el funcionario que normaliza las esperas interminables y por toda una estructura que, poco a poco, se acostumbra al sufrimiento ajeno.

Quizá sea consecuencia de convivir diariamente con la enfermedad, el dolor y la muerte. Tal vez sea un mecanismo de defensa. Pero ninguna rutina, ningún protocolo y ninguna carga laboral debería justificar la indiferencia.

Lo más grave es que esta historia no es excepcional. Miles de pacientes conocen de memoria las citas canceladas, los estudios pospuestos, los medicamentos inexistentes y las cirugías reprogramadas. Algunos pierden tiempo. Otros pierden dinero. Otros más pierden oportunidades irrepetibles. Y algunos terminan perdiendo la vida.

La pregunta no es por qué un quirófano está en remodelación. La pregunta es por qué nadie fue capaz de anticipar el problema, avisar con oportunidad o buscar alternativas. ¿No existía una base de datos para contactar a los pacientes? ¿No había posibilidad de subrogar el servicio? ¿No podía canalizarse a otro hospital? ¿De verdad la única respuesta era esperar semanas o meses?

El sistema de salud necesita más presupuesto, más infraestructura y más personal. Pero también necesita algo que no aparece en los informes ni en los indicadores: humanidad.

Porque cuando la burocracia le gana a la empatía, los pacientes dejan de sentirse atendidos y comienzan a sentirse abandonados. Y esa es una enfermedad que ningún hospital ha logrado curar.

Lo ocurrido en esta ocasión sucedió en el ISSSTE Aguascalientes, pero sería injusto pensar que se trata de un caso aislado o exclusivo de una institución. Las historias de citas diferidas, cirugías canceladas, falta de especialistas, medicamentos inexistentes y trámites interminables se repiten en prácticamente todo el sistema público de salud. Y si de saturación, tiempos de espera y desgaste para los derechohabientes se trata, basta escuchar a quienes diariamente enfrentan la realidad del IMSS para entender que el problema es mucho más profundo que un solo hospital.