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miércoles, 29 de marzo de 2017

Hace 94 Años Surgió en México La Primera Estación de Radio



La Primera Transmisión fue la Música que
Tocó la Banda de la Secretaría de Guerra




Por Matías Lozano Díaz de León

Un 19 de marzo, jueves, del año 1923, se generó en México la primera transmisión de radio. Eran las 8 de la noche, cuando un joven pionero, José, que así festejaba su “santo”, de 19 años de edad accionó un pequeño transmisor, luego de los últimos ajustes a la polarización del bulbo UV 203, y lanzó al aire sus 50 watts por la antena instalada en la azotea de una casa propiedad del coronel J. F. Ramírez, en el número 95 de la calle del Reloj, que luego cambió a República de Argentina, en la ciudad de México.

En ese momento se difundieron por el espacio los acordes de la Banda del Estado Mayor de la Secreta­ría de Guerra.

La inauguración de la que sería la primera estación de radio en México, la JH, por las siglas del autor –José R de la Herrán se había anunciado en los diarios de la capital, así que había mucha expectación pues todo lo que se recibía en los escasos aparatos receptores existentes entonces provenía de otros países.

Desde mucho antes de la hora anunciada para el inicio de transmisiones de la primera estación en México estaban encendidos los pocos radios que había en el país, “unos de "galena", otros de un bulbo y algunos más elegantes, con bocinas altoparlantes” que permitían escuchar a todos quienes se congregaran en torno del aparato, pues la mayoría hacían necesario el uso de audífonos, según crónicas que se han escrito más recientemente sobre aquel acontecimiento.

Al comenzar a sonar las ocho campanadas inició también el primer programa de radio que la estación experimental JH transmitía oficialmente, y lo hizo con las palabras del emocionado co­ronel J. Fernando Ramírez, que fungía como mecenas y locutor y le siguió la Banda del Estado Mayor dirigida por el maestro Ro-lón.

Las crónicas de hace 20 años que recordaban aquel acontecimiento, como la de Antonio Ruiz, en Revista de Revistas, describían que “en sus  casas, los afortunados posee­dores de radios se apretaban los audífo­nos o se acercaban a los altoparlantes, unos con el asombro y la incredulidad pintada en sus rostros y otros con la emoción que siente quien, sabiendo que lo que ocurre es una realidad, la absorbe y la goza por primera vez.

“La JH radiaba los acordes de la banda y Guillermo Garza Ramos, ayudante del joven José de la Herrán, telefoneaba a éste desde la colonia Santa María la Ribera, para reportarle que la JH se escuchaba desde allí con buena señal”.

¿Cómo fue posible que hace 63 años pudimos inaugurar una radiodifusora con un transmisor de 50 watts diseñado y hecho en México cuando en el resto del mundo apenas comenzaba esta extraor­dinaria técnica de comunicación?¿Cómo fue posible que aquel transmisor y los que se construirían más adelante estuvieran basados en diseños desarrollados en nuestro país con innovaciones tan importantes que fábricas como la Philips de Holanda estuvieron dispuestas a cambiar sus diseños de bulbos de alta potencia para adaptarlos a las necesida­des de nuestras radiodifusoras...? escribió Antonio Ruiz, y para contestar a esas preguntas se remontaba al año de 1916, en la ciudad de México, “cuando el joven de 13 años José R. de la Herrán llegó feliz a su casa un lunes después de haber conseguido trabajo como ayudante de tornero en el Taller y Fundición "Las Delicias", ubicado en las calles del Buen Tono, y entregaba a su madre doña María Pau su primer "tostón" (moneda de plata de 50 centavos que circulaba en la época); tostón que mamá María mon­tara poco tiempo después en una argolla para llevarlo consigo como recuerdo.


Hasta entonces, la familia de José se había sostenido gracias a la gran habili­dad de mamá María como costurera y a la energía y dinamismo de su abuela doña Magdalena Oliver, quien era la encargada de llevar a vender los ropones bordados para recién nacido, las cofias y las demás prendas hechas por mamá María y que, a juicio de todos, eran verdaderas obras de arte. Con las mo­destas ganancias así obtenidas, las dos señoras habían podido costear la educa­ción de José y de su hermana Rosita, enviándolos primero al Colegio El Pen­sador Mexicano y después al Colegio Francés, donde finalmente ambos ha­bían obtenido su diploma de sexto año de primaria.

Al terminar la Primera Guerra Mun­dial (1918), la familia había reunido al­gún dinero y así fue posible, que el sueño de José se hiciera realidad y pudiera partir hacia los Estados Unidos con el objeto de aprender el inglés y poder entrar a la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, Maryland, por conducto de un amigo de la familia, el señor Félix Cabello, que daba clases allí de español. José estudiaría la mecánica y regresaría a encargarse de sostener a sus queridas madre, abuela y hermanita.
Estos sueños pronto se vinieron por tierra, pues la depresión debida a la postguerra en EU y los problemas eco­nómicos de la familia en México debidos a la Revolución hicieron que el joven José pronto tuviera que abandonar sus estudios y, sin dinero, se viera obligado a buscar el sustento, trabajando en las más modestas ocupaciones y sin domi­nar todavía el idioma inglés. Primero, consiguió un trabajo soldando mangos de acero a sartenes en una fábrica, pero a los cinco días lo despidieron, pues sol­daba tantas, que el sindicato puso una queja en su contra porque ¡había supe­rado las tasas por hora convenidas!

Todavía son inolvidables para el inge­niero Ruiz de la Berrán las noches de invierno en las que, envuelto en cobijas y periódicos, dormía bajo el banco de tra­bajo de mister Philip Manya, con quien trabajó después aprendiendo a embobi­nar motores eléctricos que entregaba a domicilio.

Fue en una de estas entregas cuando conoció a mister Tom McNulty, y quedó fascinado al ver cómo este experimen­tador transmitía mensajes telegráficos mediante un transmisor "de chispa" hecho por él mismo y cuyas iniciales eran 3VS. El impacto que causó en el joven José la posibilidad de comunicarse mediante las ondas de radio fue tan grande, que de inmediato comenzó a pedir libros sobre el tema en la Biblio­teca Enoch Pratt de Baltimore, libros que estudiaba después de las horas de trabajo. Llegado el invierno, José fue a trabajar a Nueva York, como mensa­jero, repartiendo telegramas, para lo que tuvo que comprarse una bicicleta en abonos.

Aquel invierno fue terrible; con un frío tremendo iba José pedaleando entre la nieve para llevar los telegramas a su destino y así en una ocasión, le tocó llegar a casa de mister William Jones, que experimentaba con su transmisor telegráfico "WJ" en la sala. Al abrir la puerta y ver a José temblando de frío diciendo: "Telegrama para usted, mis­ter Jones", lo invitó a pasar y mientras aquél leía el telegrama, José, olvidándose del frío contemplaba inmóvil aquel bulbo cuya luz iluminaba los circuitos del transmisor esparcidos sobre la mesa. El encuentro fue providencial; mister Jones y José se hicieron amigos y José dejó los telegramas para dedicarse a aprender radio con mister Jones, a quien corres­pondía las enseñanzas pintándole su casa y la verja del jardín, cuando la prima­vera lo permitió.

Poco después conoció a otro pionero de la radio, mister Bowen, quien se ini­ciaba como tantos otros en la transmi­sión inalámbrica; y así preguntando y aprendiendo de estos radio experimen­tadores y estudiando en sus horas libres, pudo José reunir los conocimientos de radio suficientes para iniciarse en la construcción de pequeños receptores "de .galena" que vendía sin gran dificultad, pues la demanda de estos aparatos co­menzaba su interminable ascenso.

A mediados de 1922, habiendo reunido una pequeña cantidad de dinero, em­prendió el viaje de regreso a México, convertido ya en un verdadero experto en las técnicas de la naciente industria de la radiocomunicación y trayendo con­sigo los últimos conocimientos prácticos de entonces, así como una pequeña do­tación de bulbos y partes electrónicas.

Ya en la ciudad de México muy pronto se difundió la noticia entre los vecinos de Santa María la Ribera, de que, un joven de 19 años, construía maravillosos re­ceptores regenerativos de un bulbo, con los que podían escucharse transmisiones provenientes de miles de kilómetros de distancia. Esto rumores llegaron a oídos del Estado Mayor Mexicano, y así fue como, mediante el entusiasta patrocinio del coronel J. Fernando Ramírez, la radiodifusora "JH" lanzó al aire por primera vez en la ciudad de México, los acordes de la Banda del Estado Mayor de la Secretaría de Guerra y Marina, aquel 19 de marzo de 1923, santo de José. Esta memorable transmisión y las que regularmente se llevaron a cabo todos los jueves, de las siete a las nueve de la noche, eran radiadas desde casa del co­ronel Ramírez, donde desfilaron los can­tantes más afamados en México, unas veces acompañados por la banda y otras por pianistas no menos famosos. 

Así tuvimos a Juan Arvizu, recientemente desaparecido, cantando, acompañado al piano por doña Ofelia Eurosa, el vals Alejandra; a José Mojica, a la gran soprano María Romero, al tenor Néstor Mesta Chaires, a Marianito Ramírez cantando el prólogo de Palliachi, o a don Francisco de Paula Yáfiez interpretando la cavatina del Barbero de Sevilla. En otras ocasiones se escucharía el coro de la Secretaría de Educación diri­gido por Ángel H. Ferreiro y también artistas como Carlos del Castillo, Ri­cardo C. Lara, Maraca Pérez, la Chacha Aguilar, María Teresa Santillán, María Luisa Escobar y otras voces que se nos escapan de la memoria...

Las transmisiones de la radiodifusora JH continuaron todo el año de 1923, siendo más escuchadas conforme au­mentaba el número de radiorreceptores en la capital y en el mundo entero. Pronto comenzaron a llegar reportes de distintos estado de la República, y tam­bién de Estados Unidos, de América del Sur y de Europa; estos reportes obede­cían principalmente a radioaficionados, quienes enviaban sus tarjetas a la JH, en la que José R. de la Herrán transmitía telegráficamente durante las mañanas.

Varias de estas transmisiones matuti­nas fueron oídas a fines del año, por la famosa expedición al Polo Norte rea­lizada por McMillan, quien a su retorno en 1924, hizo un reporte general de recepción radiofónica.

Fue así cómo la JH hizo historia en la radiodifusión mundial e hizo aparecer a México entre los países pioneros de aquella entonces nueva maravilla en el ámbito de las comunicaciones.
Gloria para aquellos precursores y gloria para México”.       


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