Los universitarios
Prepa, un puñito
Héctor de León
Leo algunos discursos y ensayos relacionados con el Aguascalientes y el Instituto de Ciencias del ayer. Las coincidencias se repiten en los estilos de vida. No importa el tiempo, ni los nombres de los personajes; faltaría espacio. Por eso, en estos días de ocio académico por el periodo de vacaciones en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, vale la pena traer recuerdos de grandes personajes que ya partieron al universo eterno, pero que sus recuerdos los tenemos presentes como fantasmas espirituales que amaron intensamente a su Aguascalientes y su Prepa. Es imposible olvidar las narraciones de épocas pasadas que nos hacían maestros inolvidables como un Carlos González Rueda, Álvaro de León Botello, Alejandro Topete del Valle o Gabriel Villalobos Ramírez. Las historias nunca acabarían, pero lo que nos gana es la débil memoria humana, así otros tuvieran una retentiva privilegiada.
Recurro a las imágenes que describía el licenciado Ignacio Lomelí Jáuregui, que fuera director del Instituto de Ciencias, en ocasión del centenario de la institución que celebramos en 1967. Bien lo decía que antes y después, sentenciaba, el título de estudiante nos daba una categoría que era respetada, sin distingo, por todas las personas aún los mismos policías municipales, “cuando gritábamos de más, con verdaderos gallos –esos que nos truecan la voz-, en los tradicionales gallos estudiantiles”, aquellos que en otra época se repetían por los distintos barrios de la ciudad.
Recordaba aquellos atardeceres, cuando después de reñidas competencias de frontón a mano en la inolvidable canchita deportiva, que casi se ocultaba en lo que podría describir como un tercer patio del Instituto, pero que en otra época no era otra cosa más que un gran espacio que abarcaba los alrededores del edificio: una hermosa huerta que los franciscanos disfrutaban cuando ahí crearon su regio convento.
Otro recuerdo lo relacionaba con la costumbre infaltable de acudir al Parián, para dar vueltas como burros de noria, como lo contaba el maestro, bajo condiciones establecidas por las tradiciones: las damitas por un lado y los hombres por otro, condiciones que se repetían en los paseos por la Plaza de Armas o en la tradicional verbena de abril en el hermoso Jardín de San Marcos. Advertía también de “peligrosos” ponches con los “Chones”, en el antiguo kiosco frontero al templo de San Diego, con las notas alegres que salían de una sinfonola, para luego partir a echar “plancha o reja”.
Después de esta etapa en el Instituto de Ciencias que duraba cinco años, los menos tenían la brillante oportunidad de marchar hacia la ciudad de México, llena de atractivas interrogantes, para luego ingresar a la prestigiada Universidad Nacional Autónoma de México. Ahí el cambio era radical por la influencia de los sabios y preparados maestros que tenía, sin que por ello se olvidaran las enseñanzas de los profesionistas que ya habían regresado a su provincia, a aquella ciudad de Aguascalientes que parecía estar metido en un puñito, y en el centro de su corazón, el gran plantel educativo que era el Instituto de Ciencias. Los recuerdos y las imágenes del ayer no se olvidan y nos marcan para siempre. (hmdeleon@terra.com.mx)

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