Los periodistas de ayer (CXXV)
Continuamos con la trayectoria laboral y periodística de don Ramiro Luévano López, fundador y director general del semanario Tribuna Libre y del diario Página 24, publicaciones que vinieron a evolucionar la manera de informar y de presentar las noticias en Aguascalientes, en Jalisco y Zacatecas.
El padre de don Ramiro fue José Matilde Luévano Urrutia, obrero de la Fundición de Aguascalientes, dirigente sindical y organizador de la CROM, el Partido Laborista y de la Federación de Partidos del Pueblo Mexicano (FPPM); fue también billetero y comerciante ambulante. De él conservaba la familia la memoria de un hombre que se había negado a negociar una huelga y que años después tampoco quiso entregar el sindicato de billeteros que había contribuido a formar.
Desde edad muy temprana comenzó a trabajar. De niño voceó el diario EL SOL DEL CENTRO, cargó canastas en los mercados y siguiendo el oficio de sus padres y hermanos vendió billetes de lotería. Una de las historias que durante años contó en familia ocurrió cuando le quedaba un entero pocas horas antes del sorteo. Desesperado, le rogó a un doctor que le comprara el entero hasta que éste se apiadó y se llevó el billete. A la mañana siguiente fueron a despertarlo jubilosos: aquel número había resultado premiado. La fortuna parecía haber llegado, por fin, a la familia. Ramiro tuvo que desengañarlos: “anoche vendí el billete”.
Y la ilusión se diluyó de golpe.
Tenía alrededor de 10 años cuando se trasladó a la Ciudad de México, antes Distrito Federal. Allí siguió vendiendo lotería y según recordaba el primer día unos estafadores consiguieron despojarlo mediante engaños de todos los billetes que llevaba.
Su hermano Gonzalo, conocido vendedor en los alrededores del edificio de la Lotería Nacional, le hizo saber que tenía que reponerlos. Y los repuso.
La anécdota parece pequeña frente a todo lo que vendría después, vista desde hoy, contiene ya algo del carácter que habría de acompañarlo durante toda su vida: recibir un golpe, hacer cuentas y comenzar otra vez.
Después de algunos años regresó a Aguascalientes. Trabajó en lo que pudo: brevemente en las labores relacionadas con la cosecha de la uva, como vendedor de ropa y electrodomésticos y como almacenista en una obra federal.
En esta última descubrió que la facilidad para los números adquirida entre ventas, cuentas y mercancías podría abrirle otras puertas a Ramiro Luévano López. Al ver al arquitecto responsable batallar con la elaboración de la nómina, se ofreció a hacerla. Cumplió con diligencia y obtuvo su reconocimiento y un mejor sueldo.
Pero la obra terminó y tuvo que volver a buscar empleo.
Encontró uno como vendedor de puerta en puerta para la empresa Colgate-Palmolive. A esa etapa atribuiría después buena parte de su formación. Él hablaba de la Universidad de la Vida. En dicha empresa aprendió administración, ventas, distribución y publicidad; fue ascendido hasta convertirse en gerente regional de distribución.
Ya entrada la década de los setentas, del siglo anterior, dejó la compañía después de considerar injusta una decisión interna relacionada con un puesto al que aspiraba. Conservó, sin embargo, gratitud por lo que había aprendido en esa importante empresa.
De regreso en Aguascalientes fundó un negocio cuyo nombre revelaba otra de sus pasiones: Decoraciones Atlante, dedicado a la elaboración e instalación de cortinas, alfombras, papel tapiz y otros elementos decorativos.
El nombre de Atlante fue en honor de su equipo de futbol favorito de toda la vida: el Atlante, al que apoyó como aficionado en las buenas y en las malas que fueron muchas al grado de descender de división. Afortunadamente tuvo oportunidad de verlo nuevamente regresar a la primera división del futbol mexicano.
El negocio lo obligaba a viajar frecuentemente a la Ciudad de México.
Sin saberlo todavía aquellos viajes terminarían por conducirlo hacia el oficio al que dedicaría el resto de su vida: el periodismo.
Para entonces Ramiro había comenzado a formar una conciencia política a través de libros, revistas y periódicos. Recordaba particularmente las historias de Rius.
Llegó a los Supermachos y a los Agachados, buscando la guasa, y encontró una manera diferente de mirar al país.
Seguimos la semana venidera con la vida de este singular periodista fallecido hace poco.
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