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MIENTRAS TODOS DESPEDÍAN A LA LIBRERÍA MADERO, NADIE VIO A ROSENDO


Por Jorge Lozano | Cortando por Lozano

Hubo un tiempo en que el Centro de Aguascalientes despertaba de otra manera.

La calle Francisco I. Madero era mucho más que una avenida comercial. Era el punto de encuentro de la ciudad. Ahí las familias paseaban sin prisa, los estudiantes buscaban libros, los empleados hacían una pausa para tomar un café y los voceadores anunciaban a todo pulmón los titulares del día. No existían las redes sociales; las noticias se compraban dobladas bajo el brazo y los comerciantes conocían por su nombre a buena parte de sus clientes.


Durante décadas, caminar por Madero era recorrer el corazón de Aguascalientes.
Con el paso del tiempo llegaron las grandes cadenas comerciales, el internet desplazó a los periódicos, muchos negocios tradicionales desaparecieron y otros simplemente bajaron la cortina para siempre.
Hace apenas unos días ocurrió uno de esos momentos que marcan la memoria de una ciudad.

La Librería Madero anunció el cierre definitivo de sus puertas. Decenas de personas acudieron para comprar libros a precios simbólicos, otros se llevaron ejemplares que fueron regalados y las redes sociales se llenaron de fotografías despidiendo uno de los comercios más tradicionales del Centro Histórico.


Sin embargo, mientras todos hablaban de la librería, casi nadie volteó a ver al hombre que durante 45 años fue el primero en abrirla cada mañana.
Se llama Rosendo Negrete Rentería.
Tiene 72 años.
Y quizá sea uno de los últimos personajes anónimos que todavía resisten en la calle Madero.

EL NIÑO QUE CAMBIÓ LA ESCUELA POR LOS PERIÓDICOS

Rosendo tenía apenas doce años cuando entendió que la vida no siempre da tiempo para estudiar.
La economía familiar era complicada y decidió salir a trabajar para ayudar en casa y cubrir también algunos de sus propios gastos.
Comenzó vendiendo periódicos por las calles del Centro.
Aquella ciudad era distinta. Los diarios eran parte indispensable de las mañanas y cientos de personas hacían una parada obligada antes de ir al trabajo para conocer las noticias del día.
Con el tiempo estableció un pequeño puesto fijo en la esquina de Madero y Morelos, frente a la entonces Distribuidora Aguascalientes.
Su negocio era tan modesto que apenas consistía en unas tablas de madera sobre las que acomodaba dulces y periódicos.
Pero la vida suele premiar la constancia.
Recuerda que el propietario de la distribuidora, el señor García, lo mandó llamar.
Los propios empleados le decían que jamás recibiría ayuda de aquel hombre porque, según ellos, era demasiado cuidadoso con su dinero.
Se equivocaron.
El señor García le regaló una vitrina.
Aquella vitrina que parecía un lujo sigue existiendo.
Rosendo la conserva hasta la fecha.
“Aun la conservo, la tengo guardada”, dice.
“Quién sabe… si algún día tengo que dejar este lugar, tal vez vuelva a necesitarla.”

“PENA ES ROBAR”

Los primeros días tampoco fueron sencillos.
Cuando llegaban clientes a comprarle dulces o periódicos, Rosendo corría a esconderse dentro del negocio.
Le daba vergüenza vender.
Hasta que una persona le dijo algo que nunca volvió a olvidar.
“No te dé pena trabajar. Pena es robar.”
Aquella frase cambió su manera de ver la vida.
Nunca volvió a esconderse.
Hoy, seis décadas después, sigue atendiendo con la misma sencillez a quien se acerca a comprar un dulce, un periódico o simplemente a saludarlo.


CUANDO EL HAMBRE ERA PARTE DEL DÍA

Las necesidades también dejaron anécdotas.
Rosendo recuerda que, siendo niño, después de varias horas vendiendo periódicos, el hambre era más fuerte que cualquier otra cosa.
Él y otros muchachos esperaban a que el repartidor de pan descuidara unos segundos la canasta mientras surtía las tiendas del Centro.
Entonces tomaban algunas piezas para poder comer.
Lo cuenta sin orgullo, pero sin vergüenza.
Era la realidad de muchos niños trabajadores de aquella época.

EL HOMBRE QUE TENÍA LAS LLAVES

Con los años, la calle Madero también cambió.
Los comercios fueron cerrando, otros cambiaron de propietarios y algunos desaparecieron para siempre.
Rosendo fue recorriendo poco a poco su pequeño puesto conforme cambiaban los locales vecinos, hasta quedar prácticamente sobre la fachada de la Librería Madero.
Ahí comenzó otra historia.
Fue la señorita María del Refugio del Consuelo, una de las responsables de la librería, quien decidió confiar en él.
Le entregó las llaves.
Desde entonces, Rosendo dejó de ser únicamente el vendedor de periódicos.
Se convirtió en el hombre que todos los días abría la Librería Madero.
Su rutina comenzaba antes de que la ciudad despertara.
Asistía a la misa de las siete de la mañana en el templo de San Antonio, donde además ayudaba al sacerdote cuando era necesario.
Después caminaba hasta Madero.
Levantaba la cortina metálica.
Preparaba su pequeño puesto.
Y esperaba la llegada de los empleados.
Durante cuarenta y cinco años fue el primero en abrir una librería que terminó formando parte de la historia de varias generaciones de aguascalentenses.

LAS BROMAS DE LOS AMIGOS

Como llegaba tan temprano, muchas veces terminaba quedándose dormido unos minutos antes de que comenzara el movimiento.
Sus amigos aprovechaban para hacerle bromas.
Llegaban corriendo y gritaban:
“¡Rosendo, se robaron los dulces!”
Él despertaba sobresaltado y salía buscando al supuesto ladrón.
Después venían las carcajadas.
Son recuerdos sencillos.
De esos que sólo dejan los años.

UNA HISTORIA DE AMOR ENTRE LIBROS

La Librería Madero también le cambió la vida por otra razón.
Ahí conoció a María Guadalupe.
Ella trabajaba en la librería.
Con el tiempo comenzaron una relación que terminó convirtiéndose en un matrimonio de cuarenta años.
Cuando habla de ella, Rosendo sonríe.
“Ella es muy buena gente conmigo… nada de pleitos.”
También presume con orgullo a sus tres hijos: Francisco, Luis y Ricardo.
Mis tres mosqueteros, les dice.


EL CENTRO CAMBIÓ… ROSENDO SIGUIÓ AHÍ

Rosendo vio desaparecer los voceadores.
Vio cómo los periódicos dejaron de vender miles de ejemplares.
Fue testigo de la llegada de internet, de los teléfonos inteligentes y de una generación que dejó de comprar diarios para informarse desde una pantalla.
También observó cómo cerraban negocios tradicionales que parecían eternos.
Sin embargo, él permaneció.
Todos los días.
En la misma esquina.
Saludando a clientes que dejaron de ser clientes para convertirse en amigos.

HOY LA INCERTIDUMBRE TAMBIÉN TOCÓ SU PUERTA

El cierre de la Librería Madero no sólo significó la despedida de un negocio histórico.
También dejó en incertidumbre a Rosendo.
No sabe qué ocurrirá con el local.
No conoce al nuevo propietario.
No sabe si podrá permanecer en el espacio donde ha trabajado prácticamente toda su vida.
Lo único que sabe es que todavía conserva las llaves.
Todavía llega temprano.
Todavía cuida el lugar.
Y mientras habla, mira la cortina que durante cuarenta y cinco años levantó cada mañana.
Cuando se le pregunta qué pasará si un día tiene que marcharse, responde con la tranquilidad de quien aprendió desde niño que el trabajo siempre abre caminos.

“Si un día se te cierra una puerta, otra se abrirá… según mi Padre Dios.”


LOS PERSONAJES QUE LE DIERON ALMA A LA CIUDAD

Las ciudades suelen recordar sus edificios.
Cuando desaparece un cine, una librería o un café tradicional, las redes sociales se llenan de fotografías y de recuerdos.
Con las personas ocurre algo distinto.
Pocas veces alguien pregunta qué fue del bolero que lustró zapatos durante cuarenta años, del fotógrafo que retrató generaciones enteras, del voceador que anunciaba las noticias antes de que existieran los teléfonos inteligentes o del vendedor de dulces que abrió una librería durante casi medio siglo sin figurar nunca en los encabezados.
Rosendo pertenece a esa generación de personajes que nunca buscaron ser protagonistas.
Simplemente estuvieron ahí.
Todos los días.
Como parte del paisaje.
Como parte de la memoria.
Quizá dentro de algunos años alguien pase por la esquina de Madero y Morelos y recuerde que ahí había un señor que vendía periódicos, dulces y saludos.
O quizá no.
Porque las ciudades no sólo pierden edificios.
También corren el riesgo de olvidar a quienes les dieron identidad.
Y mientras la Librería Madero ya forma parte de la historia, Rosendo Negrete sigue sentado en la misma esquina de siempre.
Esperando, como lo ha hecho durante más de sesenta años, viendo pasar la vida y un Aguascalientes que nunca dejó de cambiar.

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