Los periodistas de ayer (CXIX)
Entre más conocemos la vida profesional y hasta personal de Juan José Gaytán Macías, más admiramos su labor reporteril en años donde no predominaba tanto la llamada “nota roja” y había que recurrir a la creatividad y al ingenio para llamar la atención del público lector.
No debemos olvidar que en aquellos tiempos la libertad de información o de expresión no era tan amplia. Por el contrario, había límites para los directores, editores y reporteros por parte de las autoridades en turno, como ahora se pretende hacer: coartar la libertad de prensa, mediante la iniciativa denominada derecho de las audiencias, cuando todo mundo puede escuchar y ver lo que quiere, si no le gusta tal o cual conductor o programa informativo, pues le apaga a su televisor o a su aparato de comunicación, o bien, le cambia de canal o de frecuencia, así de simple, pero que no nos ordenen que debemos ver y también escuchar.
Pero vayamos al tema, con el apoyo de la abogada Martha Evelia Gaytán Escobedo, quien nos dice que su carácter jovial, su inteligencia y la gran responsabilidad que lo caracterizaba le permitía mantener buenas relaciones con las autoridades judiciales y policiacas de aquel entonces. Y toda vez que conocía de primera mano las múltiples facetas y aristas de los delitos perpetrados, este conocimiento le permitía influir tanto en la severidad de la imposición de penas al caso concreto, como en la benignidad, clemencia, indulgencia, compasión, tolerancia y bondad de los jueces, agentes del ministerio público o autoridades penitenciarias.
Debemos subrayar que para entender a cabalidad lo anterior, debemos primero comprender que eran otros tiempos, ahora de nada valen las notas periodísticas o la presión de los medios de comunicación, las autoridades y jueces de ahora se sienten infalibles e intocables.
No pocos obtuvieron gracias al trabajo de Juan José, su libertad y fueron absueltos de los delitos que se les acusaban.
Amén de que servía de interlocutor con autoridades encargadas de impartir justicia para que los presos que habían delinquido y obtenido con ello ridículas cantidades fueran puestos en libertad, dándoles así la oportunidad en lo sucesivo de ser mejores ciudadanos.
Sus diarias visitas a los separos policiacos, a la barandilla, le permitían conocer de primera mano a los detenidos y su intervención oportuna les permitía obtener su libertad, evitando ser consignados.
Lo que voy a narrar a continuación me lo contaron periodistas de la vieja guardia de EL SOL DEL CENTRO, todos ellos ya fallecidos, quienes en charlas informales en la misma redacción me dieron a conocer algunas peripecias de Mac Gay.
Cuentan que, en fechas significativas, como el 24 de diciembre (Nochebuena) y el 31 de diciembre (fin de año e inicio del siguiente), al caer la tarde se presentaba en la barandilla de la Policía Preventiva y con toda autoridad solicitaba la lista de personas detenidas.
Después de revisar la lista, Juan José Gaytán Macías con la lista en mano pedía que abrieran las galeras y en voz alta mencionaba los nombres de los que habían sido detenidos por ser “rateros conocidos”, es decir, delincuentes de poca monta, entre los que se encontraban carteristas, “mariposeros” (ladrones de bicicletas), ebrios consuetudinarios, entre otros, a quienes ponía inmediatamente en libertad.
Lo hacía para que pasaran Navidad o Año Nuevo con sus familias. Los que se quedaban entre las rejas eran hampones de altos vuelos, homicidas, golpeadores de mujeres, ancianos o menores de edad, autores de hechos sangrientos, etc.
Y el comandante u oficial en turno no decía nada, mucho menos los demás agentes policiacos de guardia, pues le tenían gran respeto. Lo único que hacía el oficial al mando era comunicarse vía telefónica o por radio portátil al titular de la corporación para informarle sobre lo que había hecho el reportero policiaco. Y nunca hubo contraorden ni protesta alguna.
Era otra época, ahora si algún periodista o conductor de noticias por famoso o popular que sea, lo hiciera, tenga por seguro que no se lo permiten y de paso lo meten a los separos por su osadía.
La pluma de Mac Gay pesaba en ese ámbito, porque gozaba de amplia credibilidad, era muy conocido y respetado.
Cuentan que en la zona centro, o en las calles de la ciudad, los “rateros conocidos” se topaban con él. Y todos, con absoluto respeto, lo saludaban y le decían “a sus órdenes, jefe Mac Gay”. Así eran las cosas con este singular periodista.
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