Los periodistas de ayer (LXXXIII)
¡VUELA ALTO, AMIGO CHAVA!
Horas antes de entregar este artículo, recibí con mucha tristeza y pesar la noticia sobre el fallecimiento de nuestro querido amigo, aguerrido competidor y compañero de mil y un batallas, Salvador Rodríguez López.
Tuve oportunidad de conversar con él durante las últimas semanas y lo vi mal, pero su inteligencia lucida y sus frases irónicas hacia mi persona permanecían intactas. Fueron cuando menos dos años de dolor y sufrimiento, ahora ya descansa en el paraíso celestial. Nuestro sentido pésame a su esposa, hijos e hija, hermano y hermanas, nietos y nietas, sobrinos y sobrinas, y demás familiares y numerosas amistades.
Me queda el orgullo de haberle rendido homenaje a su trayectoria en vida, pues alcanzó a leer los cuatro artículos anteriores dedicados a su trabajo periodístico.
Comentamos la semana pasada que Salvador Rodríguez López, siempre leal a El Heraldo de Aguascalientes, tenía a su cargo la columna cotidiana “Con usted”, pero también fue el autor de la dominical intitulada “Línea Privada”.
Este texto aparecía cada domingo, prácticamente sin interrupción, con extensión de una plana completa. Para ello, Chava comenzaba a elaborarla desde el viernes a temprana hora, pero sin descuidar sus fuentes informativas, pues tenía que elaborar sus notas del día, como cualquier otro reportero o reportera.
El oficio de reportero requiere de mucha responsabilidad y dedicación, si eres realmente profesional y dedicado, decidido a brillar con luz propia en el ejercicio de tus labores informativas. Esto significa, muchas de las veces, no ingerir tus alimentos a tus horas, incluso quedarte sin comer o desayunar, trabajar sábados y domingos, y en ocasiones hasta sin día de descanso a la semana.
Dicho de otra manera, requiere de mucho sacrificio, pues dejas de ver a tus amigos, amigas y hasta tu misma familia, como fue el caso de Salvador, de Fernando Lozano y de muchos más, incluso de un servidor. Basta decir que yo veía más a Salvador y a Fernando, por mencionar solamente a dos, que, a mis propios hermanos y hermanas, a quienes si tenía tiempo y suerte los saludaba de entrada por salida los domingos por la mañana cuando acudían al almuerzo familiar organizado por mi señora madre (QEPD) y con la presencia de mi padre (QEPD), dado que un servidor vivía todavía con ellos.
Una de las vivencias que Salvador recuerda es cuando cubrimos en la segunda quincena del mes de diciembre, prácticamente en vísperas de Navidad, una sesión ordinaria del Congreso del Estado, donde se aprobarían la Ley de Ingresos y Presupuesto de Egresos del Gobierno del Estado para el año siguiente. Era a finales de la década de los noventas del siglo pasado.
El tiempo se agotaba para aprobar dichos asuntos. “Esa sesión comenzó a las 11 de la mañana y acabó a las seis y media de la mañana del día siguiente, es decir, duró 18 horas y media, aunque con sus respectivos recesos que eran de 15 minutos y se prolongaban hasta dos horas”.
“Y así nos fuimos tanto los diputados, sus ayudantes y oficiales de la Cámara de Diputados, así como los periodistas que cubríamos la fuente legislativa”. Los de estaciones de radio y televisión solamente cubrieron unas horas, pero los de prensa escrita (Salvador Rodríguez de El Heraldo, José Luis Bonilla de Hidrocálido y Mario Mora Legaspi de EL SOL DEL CENTRO, permanecimos para cubrir las incidencias de esta maratónica sesión”. Esa vez le tocó a José Luis Bonilla cubrir la sesión, pues el reportero de la fuente por Hidrocálido era Fernando Lozano Galindo, quien había salido de vacaciones.
Salvador recuerda que ese día tenía que aprobarse o en su caso rechazarse los dictámenes, pues el plazo legal se agotaba. “Entonces estábamos cubriendo en el fondo del salón de sesiones y tu (Mario Mora) andabas como ánima en pena a vuelta y vuelta por todo el recinto, y luego pedía vámonos ya pues es la una de la mañana, no hay que esperar, pero yo decía que no había prisa”.
Lo cierto es que los tres diarios no podían cerrar su edición pues faltaba la nota principal, y también la espera era para nuestros respectivos directores y jefes de redacción, así como personal de talleres.
Lo mismo decía José Luis Bonilla y Salvador le decía “pues vete, quien te está amarrando”. Pero nadie quería abandonar el barco, pues perdería la nota.
Total que acabó la susodicha sesión a las seis y media de la mañana del día siguiente, sin dormir, completamente amanecido, salimos como estampida de Palacio Legislativo para dirigirnos a nuestros respectivos periódicos. En el caso de Chava, recuerda que en el andador José María Chávez ya iban hacia el Congreso del Estado, el Lic. Asunción Gutiérrez y Wilbert Patrón UC, director y jefe de redacción, preocupados porque no podía imprimirse el diario del día pues estaba abierta la primera sección. En mi caso, me esperaban en EL SOL don Francisco Gamboa López y Jesús Ramírez Loera, director y jefe de redacción, respectivamente.
Chava se puso a redactar de inmediato, pero ya tenía algunos párrafos hechos a mano. Entregó la nota y se fue a su casa a bañarse, a desayunar y nuevamente a trabajar.
Así era la vida de un gran periodista.

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