Mi querida familia, muy buenos días.
Estamos en el III domingo de Pascua.
Hoy, el relato de los Hechos de los Apóstoles, que leemos en la primera lectura, en la cual centro mi reflexión, plantea un problema que siempre ha estado presente en la historia de la Iglesia; se trata de los incontables intentos por silenciar la proclamación del Evangelio. Jesús lo experimentó durante su ministerio apostólico, y previno a sus Apóstoles sobre las persecuciones que les esperaban a ellos y a sus sucesores.
En la escena de los Hechos de los Apóstoles, aparece furioso el Sumo Sacerdote, que reprende a los Apóstoles: “Les hemos prohibido enseñar en nombre de ese Jesús”. Los apóstoles, en lugar de haber permanecido silenciosos por miedo a ser castigados, hablaban de Jesús en todos los lugares públicos. De ahí que, los miembros del Sanedrín, los mandaron azotar. Ellos se retiraron del Sanedrín, felices de haber padecido aquellos ultrajes por el nombre de Jesús.
Esta escena se seguirá repitiéndose hasta el fin de los tiempos. Los poderes de este mundo se sienten profundamente incómodos con la proclamación del Evangelio.
La Doctrina Social de la Iglesia siempre ha producido malestar entre los grupos de interés que se han sentido señalados por las denuncias de la Iglesia.
Lamentablemente, también existen fuerzas dentro de la Iglesia que pretenden silenciar las voces críticas que surgen en medio de la comunidad.
Este testimonio de la Comunidad Apostólica, que no se deja intimidar por el Sumo Sacerdote y el Sanedrín en su anuncio evangelizador, nos muestre el camino de libertad profética que debemos de seguir en la Iglesia, sin limitarnos a decir simplemente lo que es políticamente correcto. Como católicos, debemos unirnos en defensa de la vida, de la dignidad humana, de la libertad religiosa, de la dignidad del matrimonio entre hombre y mujer y del bien Comun.
Buona domenica dell Signore. Dio con noi.

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