| Héctor de León |
Guillermo Aguilar Lechuga
Héctor de León
Cholula 95, interior 9, colonia Condesa, fue nuestra casa durante varios años cuando tuvimos la maravillosa oportunidad de estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue a principios de la década de los años setenta. Fueron años que nos marcaron de por vida por las experiencias y lecciones aprendidas, a veces a golpes de una diosa fortuna por todo lo que nos dio en esa época, y muy pocos momentos de amargura que nos deparó el destino. Un departamento de estudiantes aguascalentenses radicados en la ciudad de México, viviendo lo mejor de nuestra juventud temprana, como una familia feliz.
Ahí conocí a plenitud al amigo excelente que hace unos cuantos días acaba de partir. Desde luego que su partida nos produce un dolor inmenso, sobre todo a su familia. Lo que vale es que Guillermo nos deja una huella imborrable por su calidad humana y don de gentes. Fue un guerrero en toda la extensión de la palabra, carismático, amigo leal, que siempre mostró valentía hacia la vida.
Por su manera de ser, Memo no permitiría ni siquiera una lágrima por él. Vivió intensamente cada momento de su vida y aprendió que el mayor secreto es darse, entregarse y ayudar a los demás. Nunca le arrendaron los problemas, por más grandes o pequeños.
Su sonrisa a la vida, le hicieron tenerla invariablemente de compañera. Memo fue un predestinado en todas las actividades que emprendió; fue un triunfador con la mayor sencillez y discreción del mundo. Fue un hombre bueno; con él, sus amigos estamos en deuda por todo lo que nos dio.
La vida la llenamos cada uno con los pequeños y grandes detalles que nos suceden a nuestro alrededor. Memo juntaba todos los instantes para vivirlos a plenitud, así fuera en sus actividades familiares, como estudiante, como futbolista, como un profesional de la medicina, o simplemente como amigo.
Por ello las grandes anécdotas que compartió con quienes le conocimos. Le veo intensamente feliz como aquellas tardes de los sábados cuando nos reuníamos en el pequeño departamento en México, y brindábamos por lo bueno que la vida nos había dado, con aquella nostalgia estudiantil tan propia por nuestras familias, amigos y nuestro Aguascalientes querido que habían quedado a la distancia.
Memo también tuvo la dicha de que a la vuelta de la esquina de nuestro pequeño departamento, un día se encontró con su amada Lucía, lo que dio como consecuencia su hermosa familia, a quienes hereda su cariño inmenso, su espíritu de guerrero, aún para aquellas generaciones que le devienen por su genética.
Sé que Memo no se fue, está aquí entre nosotros. Así lo sentí en esta vida terrenal, en el templo de Bosques, cuando dormía para la vida eterna, porque los espíritus buenos dejan la materia de los cuerpos y pasan a una siguiente dimensión, que todavía no alcanzamos a comprender, pero que a los buenos, como Memo, los lleva a la plenitud de la felicidad. Tengo la certeza de que Memo ya trabaja incansablemente en otra misión encomendada por el Creador.
De Memo, sus amigos aprendimos lecciones imborrables; sus consejos fueron oportunos y certeros. Desde luego que nos queda un vacío enorme, vacío que hoy podemos llenar con los magníficos recuerdos y su actitud, siempre positiva y constructiva, hacia lo que viniera. ¡Hasta luego, compadrito del alma! (hmdeleon@terra.com.mx)
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