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Escenas de la Feria, que la historia recicla



Nada Hay Nuevo Bajo el Sol



1909:  Anuncian Inauguración de Hipó­dromo

¿Derby en Nuestra Tierra? ¡Derby, sí, Señores!

José Nieves ¡Pobre! Tris­te Precursor de “La Resortera”, “Chepina”, “Princesa” y “La Mundial”

Por Matías Lozano Díaz de León


Bien se dice que nada nuevo hay bajo el sol; los acontecimientos se suceden, se repiten, se reciclan, según podemos ver en lo de ayer y en lo de hoy en la herencia bibliográfica de aguascalentenses como, en esta ocasión, el profesor Alejandro Topete del Valle, particularmente en su “Feria de San Marcos, Estampas y Recuerdos”.

Siglo de las luces. Llega el siglo veinte. Novecientos cinco. . .  Abril veinticuatro. Prócer gobernante Váz­quez del Mercado, celebra su santo. Gentes principa­les de fuera han llegado: de Chihuahua viene Ma­nuel Rocha Chabre, líder de la prensa provinciana, en tanto, de México arriba don Juan de Dios Peza —de nuestros hogares cantor afamado, el buen Juan de Dios, que en súbito alarde de vena poética, cosa improvisada interrumpe baño delicioso y tibio, sale de la terma en trance inspirado, presuroso escribe ripiosa cuarteta que la tradición así ha conservado:

Yo aconsejo a las gentes/
que tomen un baño cada día;
 la piscina termal de Aguascalientes/
devuelve la salud y la alegría.

Tívoli, recinto de hondas emociones; fiel escaparate de gracia y candor donde las muchachas lugareñas lucen su alcancía de galas, trajes de primor. Hábitos, costumbres, poses, apariencias; nieve, "fruta de hor­no", puchas y mamón, mientras los sentidos naufragan en alas de antigua canción. Schotis y mazurcas, mar­chas, pasos dobles preludia la Banda del Primer Ligero
—batuta en las manos del maestro Payen—. Por allá se esfuma con rumbo al Palenque la amable figura de Osornio, el doctor...

Un apuesto joven, joven de la época, pasa en bici­cleta. . . ¡Hurra! ¡Esto se llama civilización! Una pobre vieja que sale de misa, pasmada se queda, pas­mada de horror; vuelve a entrar al templo toda te­merosa; se santigua presa de intenso temblor, pues perjura" vio pasar al diablo, montado en las  hebras de una telaraña! Y el curioso infundio causó aquel terror.

Por allá un insigne grupo de bohemios, escancia y apura copas de licor. . .  Brinda Nacho Arteaga con Alfonso Toro, acaso el poeta —excelso poeta— Manuel José Othón; en tanto don Nico —Nicolás Rangel- conservera en ristre —Copa de Falerno—, jovial organiza un saturnalia, circulando el magno recipiente báquico. Severo Amador y el doctor Osornio, dialogan, dialogan. . . con su gran amigo Baudelio Contreras —Baudelaire le dicen—. Más allá se pierde un grupo de estudiantes, preparatorianos casi todos son, Pedro de Alba es uno, López Velarde otro. . . y aquel más inquieto es Sotomayor.

Mientras tanto, Enrique Fernández Ledesma, comenta un poema con su propio autor: que esconde, Modesto, sus preclaros méritos, bajo del seudónimo (firma Vi-ca-ro) –es Castro  Rodríguez,— Víctor Castro que, en un sobrio arranque de honda inspiración, da galana forma en fabla gallega, a Nosa Señora da Barca el poema, que por su factura merece de todos, grande y merecida, franca admiración.
Ya por esos años se incuba gallarda, del arte futuro, la generación; ya apuntan, ya surgen el gran Nacho Torres, tanto Esparza Oteo, como Camarena, y acaso más tarde Pancho Díaz de León.

¡Novecientos nueve! En inusitada carrera de co­ches —albos cubrepolvos de Holanda, cachuchas, complicadas gafas, suma protección— allá pasan rau­dos los primeros autos. Desde San Luis llegan Teodomiro Garfias, don José García, Bennet el doctor, sin­gular proeza realiza el conjunto. ¡Ser un buen sportman es cosa de moda! Muy ceremoniosos en sin par carrera, presas de emotivo vértigo veloz, llegan a la meta jadeantes, intrépidos, recibiendo justo premio a su valor, con los parabienes del Gobernador...

¡Novecientos nueve! Feria de San Marcos. Pablo y Alejandro de la Arena anuncian, de soberbio 
hipó­dromo la inauguración. ¿Derby en nuestra tierra? ¡Derby, sí, señores! Sus finos corceles, finos y ligeros de México envía, entre otros señores de la aristocracia, barbudo regente, Landa y Escanden ¡O témpora, o mores! Efímero alarde de vano esplendor.

¡Mirad al abuelo que parsimonioso pone en los oídos los tubos de goma!... ¡Qué candido asombro se pinta en su rostro escuchando absorto el maravillo­so, flamante gramófono de Edison el mago! Sketchs de Rosales y de Robinson... diálogos... cancio­nes, Ábrego y Picazo bajo el Monograma Columbia. Después: Lindas Mexicanas… Gardenias, Perjura, las Danzas nocturnas de Luis G. Jordá; Adiós de Carrasco…. La paloma… Altiva…. La machicha… El choclo… Fingida… los chistes de Ricardo Bell. Escuchad las coplas, las gustadas coplas del buen don Simón…. Todo un repertorio –signo de una época- que hoy sólo decora vaporoso y suave recuerdo de ayer…

Nuevo invento llega. Téllez Oropeza, primero, don Enrique Rosas muy luego, más tarde don Carlos Mongrand, nos dejan pasmados, absortos los ojos, con su "Nuevo Biógrafo Estereopticón". Mágica linterna de Pathé Lumiere que Francia nos manda como últi­mo grito de nuestra maltrecha civilización. Se anuncia el programa con cien "vistas fijas". Prodromos. . . Ya vendrán la Hesperia, Pina Menichelli, Tulio Carminati, Francis Ford, acaso Perla White —progra­mas que forman un mundo de kaleidoscopio— íntima pantalla de imaginación.

Incipientes pruebas de electroterapia. . . Audaz merolico que explota el candor, de ingenuo concurso que cae en las redes y fácil seduce taimado pregón: "toques pa' los nervios... los toques 'elétricos'. Y asido a los tubos del alternador, se tuerce el pa­ciente y hace horribles muecas, gesticula en forma grotesca — ¡qué horror!— según van moviendo el regulador.

¡Títeres. . . ! Deleite de chiquillerías... De Rosete Aranda la empresa llegó. Repertorio ingenuo, dichos y cantares, —Vanegas Arroyo le dio gran sabor— versos y refranes, voces de falsete, la florida gama va­riada y espléndida, rica y sugerente de nuestro folclor.

Carcamanes. . . Tablas de la lotería. Canta las fi­guras un anunciador: —lujo de pregones— (y aquí quiebro el ritmo) la luna del mes de enero, ya nos comienza a alumbrar. . . El catrín no trae calzones, se los puedo asegurar... Relújame bien las botas, que me quiero ir a pasear.. . Mientras en el "pepe", cínico tahúr, incita con sorna párvula clientela: "Unos decían: yo ganaba. . . pero ¿con qué? si nomás los ojos de 'chucha cuerera' pelaba...".

Chapuceras rifas, "tiros de argollitas" y aros de madera.

Seudo temeroso y seudo azorado, el truhán del puesto, lanza por los aires, una tras de otra, cada exclamación: "Cale bien su pulso". . . "¡A ver qué premio se sacan!"... . "¡A ver que suerte les toca!"... "¡Aaah pistola!"... "¡Aaah reló!"... "¡Escápate, monita!"... .


(La Casa de la Risa. . . Casa de Mamerto… Lo digo y lo cuento con todo respeto. Conocido amigo cuyo nombre callo, — ¡extraña ocurrencia!— tanto más extraña cuanto que exacerba el penoso trance agudo estrabismo, penetra curioso al improvisado recinto de manta. Suave balanceo se inicia; después... ¡pare­des y techos giran a sus pies!. . . —"Párenle, les grita, párenle ca… nijos!. . ." Siguen mil denuestos, mil imprecaciones, —ruegos y amenazas— que a través del género —la delgada manta— escucha el concurso «con cruel regocijo. . . Termina la tanda; la tanda de vueltas y de maldiciones... Sale el buen sujeto dando de traspiés, arrojando chispas de rabia y haciendo, claras y expresivas señas jeroglíficas. . . el bastón blandiendo. . . soltando amenazas. . . prodigando epítetos, —sapos y culebras— por el malhadado ri­dículo trance en que lo pusieron. . . No importa; ma­ñana calmará los nervios; buscará el desquite invi­tando amigos, ¡claro, amigos viejos! aunque el inter­fecto les pague el boleto, por reír un rato al notar, ufano, de la jugarreta los crueles efectos; efectos tan crueles, como los que él mismo estuvo sufriendo. . .

Abril, veinticinco: duelo de trompetas, quebrando los aires de oro de la tarde; noble competencia de arte y de valor... Fortunato Hernández parado en el ruedo, pregona a los vientos el sublime canto, el ilustre canto que enardece el alma e inflama la men­te; canto que se queja de un hondo querer, canto que nos canta de un amor la pena, en las suaves no­tas que imploran favor, favor y clemencia a la virgencita de La Macarena. . .

Saciando la gula que aflora a los labios, a nutrido grupo de clientes famélicos, José Nieves corre de un lado para otro sirviendo platillos de tacos, tostadas, pollo y enchiladas, mientras la manteca rechilla can­tando... sinfonía de olores, regalo al olfato, por so­bre el caliente típico comal. José Nieves ¡pobre! tris­te precursor de La Resortera, Chepina, Princesa y de La Mundial, de todos los jotos que han sido en la feria un morboso objeto de curiosidad.

Y así hemos llegado al año de gracia, de mil nove­cientos veinticuatro en pos. Mañana soberbia, glorio­sa mañana, aquella que inicia la historia ferial, en que el señorío de una gentil dama, virtud y belleza, ternura y bondad, —que adornan a toda mujer medianía— fuera la elegida para presidir, bajo égida augusta la feria de Abril. Paz Romo  fue ungida pri­mer soberana, ciñendo a sus sienes el Gobernador, la insigne diadema, simbólica prenda, mientras un poeta su verso galano, —suma de piropos y finos requie­bros decía en su loor:

De una mañana como ésta,
alegre, ufana, gentil;
de una mañana en que abril
llena de luz la floresta;

de una mañana de fiesta,
de una espléndida mañana
hube menester, sultana,
para venir a cantarte
y como  reina aclamarte
¡por linda y por mexicana!

Todo aclama tu beldad
con dulce voz cristalina,
y todo humilde se inclina
a tus plantas, Majestad;

todo espera la bondad
de un destello de tus ojos,
desde los claveles rojos
que envidian al de tu boca
¡hasta el corazón de roca
que se halla a tus pies de hinojos!

Llevas el sol que caldea
 brillando en tus lindos ojos
y fingen tus labios rojos
terebintos de Judea;

te envuelve la luz febea
como en un triunfal dosel;
y no eres dalia, clavel,
ni camelia esplendorosa,
¡vamos, no eres un rosa,
porque eres todo un vergel!

Bravos hijos del dios Marte
que desafiaran la muerte
han venido a complacerte
y han venido a acompañarte.

De hoy más, eres su estandarte,
pues eres su soberana,
y puedes mirar ufana
que son  tus  admiradores,
los valientes defensores
de la patria mexicana.

¡Sursum corda! Corazones:
muera la melancolía,
Su Majestad os envía
sonrisas  y  bendiciones.

Luzcan los claros blasones;
suenen las notas marciales;
cante el viento en los trigales
 y amemos todos, de hinojos,
¡a la beldad que en sus ojos
lleva claros madrigales!




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