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lunes, 7 de agosto de 2017

La Historia del Hospital Hidalgo, Recopilación de Matías Lozano Díaz de León



  • Algunos Personajes que Hicieron la Historia del Hospital Miguel Hidalgo
  • Se Inauguró un 15 de Septiembre por ser cumpleaños de Porfirio Díaz y se le “bautizó” con el nombre del Padre de la Patria.
  • Pasaron 14 años entre la colocación de la primera piedra y la ultima
  • Apenas Tenía 99 años y ya se le consideraba anacrónico.
  • Con la fortuna del asesinado tahúr "El Naco" se le hizo la primera ampliación importante
  • Al menos una sala debiera llevar su nombre
  • Mucho Tiempo la Atención Estuvo a Cargo de los más destacados médicos ¡y no cobraban!
  • A principios de los años 60s, fue demolido y en su lugar se erigieron las instalaciones actuales.

El nuevo Hospital Hidalgo (lo que empieza mal, causa muchos problemas)




Por MATÍAS Lozano Díaz de León 

Segunda -y última- Parte



Una referencia muy interesante de una etapa de la vida del Hospital Miguel Hidalgo es la que hace don Heliodoro Martínez López (hermano del Capitán Ramón Martínez López y del Dr. Salvador Martínez López), en su libelo "El Aguascalientes que yo conocí", en 1977...

"Ya casi al final de la acera y junto al hospital existieron unos ruinosos portales de robustos
muros de piedra, cuyo uso nunca conocí y que recientemente fueron demolidos.

Al final estaba el hermoso edificio del Hospital Civil, teniendo al frente un precioso
jardincito, que siempre me ha encantado y se me antoja a propósito para meditar y soñar.

El antiguo edificio era hermoso, con amplísimos corredores, enormes salas para enfermos.

En el centro tenía un hermoso y bien cuidado jardín, que alegraba un sitio de suyo triste como albergue del dolor humano. En el centro estaba la sala de operaciones, bastante bien montada para su tiempo y muy amplia.

Tuve oportunidad de estar conectado durante seis años con esta institución, ya que mi grande amigo el Ing. Luis Ortega Douglas, durante su mandato me hizo el honor de invitarme a colaborar con él y me nombró Tesorero del Patronato de Asistencia, organismo encargado de manejar el Hospital,

Mi primer Jefe, Presidente del Patronato, fue el Dr. Francisco Morones Alba, hombre honesto en grado casi heroico, entusiasta y competente profesional, con el único defectillo, tenía que ser humano, de ser pronto de genio y algo mordaz.

La federación nos otorgaba un subsidio de $15,000.00 mensuales, el Gobierno del Estado
otro de $13,500.00 y de cuotas de recuperación por servicios prestados colectábamos
alrededor de $30,000.00. Seguramente que mis pacientes lectores, en esta época en que sólo se habla de millones, se preguntarán ¿Cómo se manejaban estas gentes?

En primer lugar teníamos la cooperación entusiasta, y decidida de todos los médicos de aquel entonces, los que actuaban en forma absolutamente gratuita. Puedo recordar al Dr. Morones de Alba, al Dr. Guillermo Ramírez Valdez al Dr. Fernando. Topete, al Dr. Ramírez Gámez, a mi difunto hermano Dr. Salvador Martínez López, al Dr. Salvador Martínez Morones, al Dr. Marco Antonio Cabrera, al Dr. Rojas Rojas, al Dr. Salvador Gallardo, médico forense "ad perpetuam"; al Dr. Enrique González Medina entrañable amigo de mi difunto hermano Salvador, y a muchos otros generosos galenos cuyos nombres se me escapan, que con generosidad y eficiencia verdaderamente ejemplares
atendían a los desvalidos. La única ventaja económica que podían tener era cuando un enfermo de posibilidades pedía que se le atendiera en "distinción" y eran autorizados a cobrar honorarios que actualmente resultarían irrisorios por su exigüidad. Por otro lado podrían practicar su profesión, en el campo más apropiado, las salas de un hospital.

Aún las esposas de los médicos cooperaban con entusiasmo. Estelita la primera esposa del Dr. Topete, dejó mucho de su juventud y quizá no sería aventurado decir que de su salud, en las salas del hospital. Florinda Muñiz de Ramírez Valdez, incansable como una hormiga vigilaba la cocina y la ropería, creo que jamás el hospital ha estado tan bien dotado de ropa como en ese entonces.

En la administración estaba al frente don Humberto Salado, hombre de probidad austera, exacto y minucioso.

Aún entre los empleados de poca categoría, teníamos verdaderas joyas, uno de nombre Román, no recuerdo su apellido, que cual el Barbero de Sevilla, era un verdadero factotum: chofer de la ambulancia,, fontanero, electricista,, albañil, carpintero, colector del dinero para las nóminas, etc.

Guadalupe el jardinero además de tener el jardín primorosamente atendido, era ayudante casi insustituible del médico forense, Dr. Gallardo, y él aserraba cráneos y destazaba cuerpos de occisos, para que el forense efectuara las autopsias. *


Durante los dos primeros años del mandato del Dr. Morones Alba fue Director Médico el Dr. Jorge Jirash, quien con su honestidad, entusiasmo y dinamismo trabajó  admirablemente.

La labor del Dr. Morones Alba fue fecunda y efectiva. Su hermana mayor, Conchita, se interesaba tanto por la labor de su hermano, que cuando mes a mes ocurría a llevarle el informe de Caja, con femenina curiosidad y tacto, me interrogaba sobre nuestra posición económica.

Durante los últimos años de la administración del Lie. Palomino se construyó en los terrenos baldíos de la parte posterior, un buen edificio como ampliación, el cual estaba prácticamente abandonado. El Dr. Morones y sus colaboradores discurrieron con extraordinario buen sentido, equipar la nueva sección estableciendo en ella el departamento de Maternidad. El éxito coronó sus esfuerzos, los servicios prestados resultaron tan buenos, que muchas señoras de nuestra mejor sociedad los utilizaron.

El Dr. Jirash renunció a su puesto de Director para dedicarse a su Banco de Sangre y en su  lugar fue nombrado Director Médico el Dr. Guillermo Ramírez Valdez. Sin tener quizá el dinamismo de Jorge; pero con paciencia y serenidad verdaderamente ejemplares y sobre todo con la valiosa colaboración de su esposa Florinda, que materialmente se multiplicaba en las salas del Hospital y casi cual fantasma aparecía de improviso en la cocina, la ropería o la farmacia, observando todo con sus perspicaces ojillos de miope. Memo tuvo una gran actuación.

Quizá su mayor logro fue la instalación del Departamento de Pediatría, para lo cual aprovechó la colaboración Valiosa de los cuatro pediatras con que entonces contaba nuestra ciudad: los doctores Jorge Jirash, Alfonso Pérez Romo, Raúl González Reyes y Humberto Ruvalcaba Valdivia, que como los demás médicos, actuaban en forma absolutamente gratuita. Memo que tenía una clase para estudiantes de enfermería en la Cruz Roja, convenció a las chicas sus alumnas para que practicaran en el departamento de Pediatría.

Con esfuerzo inaudito y con la ayuda económica de una casa de Guadalajara, adquirimos la primera incubadora para niños prematuros que tuvo el Hospital. Nos costó $6,000.00 y nos dieron facilidades para el pago. Después la generosa ayuda de la Secretaría de Salubridad y Asistencia nos dotó de otras dos incubadoras, que contribuyeron a nuestra explosión demográfica, salvando muchas vidas infantiles.

Así las cosas, un día, sin saber la causa, ni pretender investigarla, el Dr. Morones renunció en forma irrevocable a su puesto de Presidente del Patronato. Por solidaridad con el que fue mi buen jefe, yo también quise renunciar, pero el Ing. Ortega me rogó que siguiera ayudándolo y así lo hice. Ofreció la Presidencia del Patronato al buen amigo don Rosendo Castañeda; pero él rehusó modestamente y prefirió la Tesorería, pasando yo a ocupar la Presidencia del Patronato, que ocupé quizá año y medio.

En ese tiempo ocurrió uno de esos accidentes fatales e Imprevisibles, pero en cierta forma povidenciales y útiles.

Poco antes de la Feria de Abril y cuando se ocupaba de los arreglos de la "jugada" fue asesinado proditoriamente y en forma insospechada un viejo tahúr de nombre J. Concepción Arvizu, apodado "El Naco", voz que según la enciclopedia Quizlet significa "maricón" en Sudamérica, y en México se aplica a los indígenas.



El pobre señor murió intestado y los abogados del Gobierno, opinaron con apego a la ley, que la mitad de los bienes debería legarse al Patronato de la Asistencia. Por el otro lado y como familiar sólo existía una amante, que había compartido la existencia con el infortunado jugador por casi veinte años.

El Lie. Salas Calvillo, entonces Secretario de Gobierno y también habilísimo abogado hizo los arreglos pertinentes y nombró albaceas a la propia viuda por parte de los herederos y a mí por parte del Gobierno y en representación del Patronato. Se hicieron los inventarios y se formuló la liquidación de la entonces gran fortuna, del malogrado don Chón, la que ascendió a poco más de tres millones.

El Ing. Ortega, habilísimo financiero entró en pláticas con la Secretaría de Salubridad y Asistencia, aportó el millón y medio de la herencia del occiso y obtuvo una cooperación de tres millones más, con lo que se construyó el actual edificio del Hospital. La Secretaría de Salubridad y Asistencia fue verdaderamente espléndida: nos regaló todo el mobiliario, hasta lujoso, pues todo el equipo de cocina era de acero inoxidable y los carritos usados para llevar la comida caliente a los distintos departamentos eran preciosos.

A la inauguración del Hospital vino con la representación del Presidente de la República el
Secretario de Salubridad y Asistencia, Dr. Álvarez Amézquita. En mi fuero interno siento que, por lo menos una sala debería llevar el nombre de Concepción Arvizu.

La Providencia, dicen, siempre tiene caminos torcidos que los humanos nunca podremos entender. Una gran fortuna que con buenas o malas artes despojó a muchos, al final de cuentas permitió construir una gran obra que ha beneficiado a muchos.


Solamente y para finalizar estos datos sobre nuestro Hospital quisiera hacer un comentario: nosotros trabajando con las uñas, pero eso sí, con absoluta honestidad logramos hacer mucho bien. ¿Por qué ahora manejando millones siempre tienen problemas? ¿Se habrá perdido totalmente el sentimiento de solidaridad humana? ¿No será que nuestros jóvenes médicos entre los cuales hay muy honrosas excepciones, olvidan que su profesión tiene mucho de apostolado y que es más valioso salvar una vida, que llevar un signo de pesos en la frente"?. Fin de la cita del libro de don Heliodoro Martínez.

*.- Conocí a “Don Lupe el jardinero”, lo recuerdo con su pantalón de pechera, su huaripa o sombrero de palma compañero de muchos años, nunca le conocí una nueva; sus huaraches de correas, su figura un poco encorvada, siempre amable, paciente con quienes nos acercábamos a él en busca de ayuda para hacer mejor nuestro trabajo. Un hombre sorprendente, de escasísima o nula instrucción pero que se convirtió en todo un experto en el conocimiento del cuerpo humano. Mucho aprendí de él para mi trabajo como reportero policiaco, no pocos casos aclaramos gracias a sus enseñanzas sobre técnicas legistas. Incluso, cómo medir la profundidad de las heridas de arma blanca, o la penetración de un proyectil de arma de fuego (¡con el lápiz, o el bolígrafo! No pocos sustos nos llevamos en el "descanso" remedo de anfiteatro, y que bien recuerda Alfonso Flores “El Mao”, y que narraban Víctor Barba “El Lechón” y Carlos Martínez Badillo “La Rata”, reporteros gráficos, éstos últimos, ya desaparecidos)...
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